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Venezuela 2027: entre tutela, reformas y presos políticos

Vierne5. / Política.

Washington plantea reformas antes de votar en 2027 mientras Machado exige liberar a los presos políticos.

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Venezuela entra este miércoles 28 de octubre en una fase decisiva de su transición: Washington respalda una secuencia que coloca primero la renovación del Tribunal Supremo de Justicia y del Consejo Nacional Electoral y deja las presidenciales para una etapa posterior, posiblemente en 2027, mientras María Corina Machado, ya de regreso en el país, intenta colocar la liberación de los presos políticos y las garantías democráticas en el centro del proceso. Entre ambas agendas emerge una pregunta que ya no puede evitarse: ¿quién fija realmente el ritmo de la transición venezolana?

La respuesta no es sencilla. Estados Unidos posee hoy una capacidad de influencia extraordinaria sobre Caracas después de la captura de Nicolás Maduro, la normalización diplomática, los acuerdos petroleros y su papel como principal impulsor de las negociaciones institucionales. Pero esa influencia convive con actores venezolanos que mantienen intereses, estrategias y legitimidades propias: el Gobierno provisional de Delcy Rodríguez, la oposición que participa en la mesa encabezada por Dinorah Figuera, María Corina Machado y una sociedad civil que continúa exigiendo resultados más rápidos.

El debate dejó de ser únicamente cuándo habrá elecciones. Ahora incluye una cuestión más profunda: bajo qué instituciones se celebrarán, quién podrá competir y hasta qué punto la reconstrucción democrática dependerá de decisiones adoptadas en Washington.

Washington propone primero reconstruir las instituciones

Un alto funcionario del Departamento de Estado explicó esta semana una hoja de ruta estadounidense basada en una secuencia concreta: renovar primero el Tribunal Supremo de Justicia, reformar después el Consejo Nacional Electoral y, una vez completados esos pasos, abrir el mecanismo político y constitucional que permita convocar nuevas elecciones presidenciales.

El planteamiento no constituye todavía un acuerdo definitivo adoptado por Venezuela. Es una propuesta respaldada por la Administración Trump y vinculada al proceso de negociación que se desarrolla desde agosto entre representantes del Gobierno provisional y un sector de la oposición.

La diferencia es esencial. Washington puede presionar, ofrecer incentivos, levantar sanciones y condicionar parte de su cooperación económica. Pero las reformas institucionales requieren decisiones dentro del sistema político venezolano.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido especialmente claro al sostener que la infraestructura electoral debe cambiar antes de realizar una elección considerada legítima. Su argumento es que celebrar nuevos comicios con el mismo TSJ y el mismo CNE reproduciría los problemas que marcaron las presidenciales de 2024.

La lógica institucional tiene fundamento: unas elecciones no dependen únicamente del día de votación. Requieren árbitros confiables, tribunales capaces de resolver controversias, partidos habilitados, acceso a los medios, libertad de campaña y resultados auditables.

Pero ese razonamiento abre inmediatamente otro problema: cuánto tiempo puede prolongarse una transición sin que la ausencia de elecciones termine debilitando su propia legitimidad.

2027 aparece como horizonte, pero todavía no como fecha

Las presidenciales de 2027 comienzan a aparecer cada vez con mayor frecuencia en las conversaciones políticas. Eso no significa que Venezuela tenga ya una fecha electoral oficialmente fijada.

La propia Dinorah Figuera ha expresado su aspiración de que los comicios puedan celebrarse durante 2027, aunque también ha admitido que podrían desplazarse hacia finales de ese año o incluso comienzos de 2028 si las reformas institucionales toman más tiempo.

María Corina Machado, por su parte, ha planteado que Venezuela debería votar antes, idealmente hacia mediados de 2027.

La diferencia parece de meses, pero encierra una disputa política considerable.

Para quienes defienden la secuencia impulsada por Washington, acelerar la elección sin instituciones renovadas podría repetir los mismos problemas de arbitraje y legitimidad. Para quienes reclaman mayor velocidad, prolongar indefinidamente las reformas puede convertirse en una forma de administrar la transición sin entregar finalmente la decisión a los ciudadanos.

Ese es uno de los principales dilemas del momento: reforma primero o calendario primero.

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Machado vuelve y cambia la presión política

El regreso de María Corina Machado el domingo 25 de octubre modificó de inmediato el escenario. Después de casi diez meses fuera del país y de varios intentos fallidos de retorno, la dirigente recorrió desde Lara hasta Caracas en una caravana que reunió a miles de simpatizantes.

Su vuelta tiene una dimensión política evidente porque devuelve al territorio nacional a la principal figura de la oposición que permanecía fuera de la mesa formal de negociación.

Machado comenzó además su agenda interna reuniéndose con más de un centenar de familiares de presos políticos y víctimas de violaciones de derechos humanos. Posteriormente sostuvo un encuentro con 33 dirigentes de la Plataforma Unitaria Democrática, Alianza por Venezuela y organizaciones independientes para avanzar en lo que su entorno denomina un Gran Acuerdo Nacional.

Es importante separar la movilización política de los hechos institucionales. El regreso de Machado aumenta su capacidad de presión y organización, pero no elimina su inhabilitación administrativa ni resuelve automáticamente las condiciones para una eventual candidatura.

Su presencia obliga, sin embargo, a que esas cuestiones dejen de discutirse únicamente desde el exterior.

Los presos políticos vuelven al centro de la transición

El encuentro de Machado con familiares de detenidos volvió a poner sobre la mesa una cuestión que las reformas institucionales no pueden relegar.

Vente Venezuela resumió la posición de su movimiento con una formulación contundente: no habrá una Venezuela verdaderamente libre mientras permanezca un solo preso político.

Foro Penal registraba 322 personas detenidas por motivos políticos en su balance de comienzos de octubre. La cifra ha disminuido de manera importante durante 2026 debido a excarcelaciones y revisiones judiciales, pero sigue demostrando que el problema no está cerrado.

La diferencia entre excarcelación y libertad plena también importa. Algunas personas continúan sometidas a procesos, medidas cautelares o restricciones judiciales incluso después de salir de prisión.

Por eso la discusión ya no puede limitarse al número de personas que han abandonado las cárceles. Una transición democrática exige determinar si desaparecen las causas políticas que permitieron esas detenciones y si existen garantías para impedir su repetición.

Desde la perspectiva de Machado y de las organizaciones que acompañan a las familias, la liberación de los detenidos no debería convertirse en una concesión negociable, sino en una condición básica del nuevo escenario político.

Delcy Rodríguez intenta responder desde la gestión

El Gobierno provisional también ha reaccionado al nuevo escenario. Rodríguez inició una gira por estados recorridos días antes por Machado y presentó una agenda centrada en producción, servicios públicos y estabilidad.

La coincidencia territorial muestra que la disputa comienza a trasladarse nuevamente al espacio público.

Rodríguez sostiene que su administración busca reconstruir el país, atraer inversión y conducir una transición ordenada. Su gobierno también ha defendido las negociaciones con la oposición y ha prometido que todas las voces políticas tendrán espacio.

El regreso de Machado convierte esa promesa en una prueba práctica.

La apertura podrá medirse ahora de manera concreta: libertad para desplazarse, organizar actos, reunirse con ciudadanos, acceder a medios y participar en política sin restricciones arbitrarias.

Trump y el petróleo alimentan el debate sobre la soberanía

Al mismo tiempo, las declaraciones de Donald Trump desde Texas han añadido un componente especialmente incómodo a la discusión.

Durante su visita a un tanquero que transportó el primer cargamento de petróleo venezolano bajo el nuevo acuerdo energético con Washington, Trump presentó el millón de barriles como un “regalo” a Estados Unidos y destacó la magnitud del acceso estadounidense a las reservas venezolanas.

En otros pronunciamientos difundidos durante su gira, el mandatario ha utilizado un lenguaje triunfalista para describir la relación con Venezuela y la operación estadounidense de enero.

Ese lenguaje tiene consecuencias políticas dentro del país.

Una cosa es que Estados Unidos desempeñe un papel decisivo en la estabilización, seguridad y reconstrucción económica venezolana. Otra distinta es que esa intervención pueda interpretarse como capacidad para determinar unilateralmente el futuro político o disponer de los recursos nacionales.

Los acuerdos energéticos han aumentado el peso estadounidense de forma extraordinaria. Washington tiene acceso preferente a parte de las reservas petroleras, participa directamente en la reorganización del sector y utiliza sanciones, licencias y cooperación económica como herramientas de influencia.

Eso no equivale jurídicamente a que Estados Unidos sea propietario de Venezuela ni a que pueda decidir quién debe gobernarla. Pero sí plantea una interrogante legítima sobre el equilibrio entre cooperación y soberanía.

¿Transición tutelada?

El concepto de “transición tutelada” resulta atractivo políticamente, pero necesita precisión.

Existe una tutela de facto en algunos aspectos de la transición en la medida en que Washington posee capacidad para acelerar o frenar decisiones importantes mediante sanciones, petróleo, reconocimiento diplomático y respaldo internacional.

También es cierto que Estados Unidos intervino militarmente en enero, capturó a Maduro y posteriormente pasó a desempeñar un papel central en la reorganización política y económica del país.

Pero Venezuela conserva instituciones propias, un gobierno en funciones, una Asamblea Nacional, partidos políticos, gobernaciones, organizaciones civiles y una sociedad capaz de movilizarse.

La pregunta útil no es, por tanto, si Estados Unidos influye. Eso está fuera de discusión.

La pregunta es qué límites tendrá esa influencia y cuándo la transición comenzará a responder a mecanismos institucionales venezolanos capaces de funcionar sin instrucciones externas.

El problema constitucional de la vacancia

La propuesta estadounidense introduce además una cuestión jurídica especialmente delicada.

Según la hoja de ruta divulgada, después de renovar el TSJ y el CNE debería declararse una vacancia permanente de la Presidencia encargada para activar un proceso electoral.

Pero la Constitución venezolana establece reglas concretas sobre faltas absolutas y temporales del presidente. Cualquier mecanismo de sustitución deberá ser explicado jurídicamente y no puede descansar únicamente en una decisión política negociada.

Esto importa porque la transición no puede reconstruir la legalidad violando la legalidad.

Si el objetivo declarado es recuperar instituciones, el procedimiento utilizado para llegar a las elecciones debe ser tan transparente como las propias elecciones.

Qué tendría que ocurrir para que 2027 deje de ser una hipótesis

Antes de hablar de una elección presidencial verdaderamente programada, deben producirse varios pasos verificables:

  • completar la selección y designación del nuevo Tribunal Supremo de Justicia;
  • renovar el Consejo Nacional Electoral;
  • resolver las inhabilitaciones políticas bajo reglas transparentes;
  • garantizar libertad efectiva de organización, movilización y expresión;
  • actualizar el registro electoral dentro y fuera de Venezuela;
  • definir el mecanismo constitucional que pondrá fin a la Presidencia encargada;
  • establecer observación electoral independiente;
  • y publicar finalmente una fecha presidencial vinculante.

Mientras esos elementos no existan, 2027 seguirá siendo un horizonte político y no un calendario electoral.

La transición entra ahora en su prueba más difícil

Venezuela ha avanzado más durante 2026 de lo que parecía imaginable a comienzos del año, pero eso no significa que la transición esté resuelta.

El TSJ todavía no ha sido renovado. El nuevo CNE tampoco existe. Las elecciones no tienen fecha. Machado continúa inhabilitada. Cientos de personas permanecen detenidas por motivos políticos. Y Washington conserva un peso extraordinario sobre decisiones económicas y políticas fundamentales.

Al mismo tiempo, existen señales que no deben ignorarse: negociación institucional, liberaciones, mayor apertura del espacio político, regreso de dirigentes opositores y un debate nacional nuevamente concentrado en elecciones.

La pregunta decisiva será si esos cambios crean instituciones duraderas o simplemente una nueva distribución temporal del poder.

El periodismo independiente debe fiscalizar por igual al gobierno provisional, a la oposición y a los actores extranjeros que intervienen en este proceso. Apoyar a Vierne5 permite mantener una cobertura que distinga los hechos de las promesas y la cooperación internacional de cualquier intento de sustituir la voluntad ciudadana.

Venezuela necesita ayuda exterior para reconstruirse, pero la legitimidad de su próximo gobierno no podrá importarse desde Washington, decidirse en un acuerdo petrolero ni resolverse en una mesa cerrada. Tendrá que surgir de instituciones creíbles y del voto de los venezolanos.

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